Había algo en ella, era una experta en saber nada de casi todo, eso le gustaba porque sus conversaciones más sorprendentes, iniciaban con algo que había leído, escuchado o visto alguna vez.
A veces hablaba sin parar, y otras veces podía ser la mejor oyente que nadie podría imaginar; en su trabajo había conocido dos tipos de personas, los que se quedaban en su mente y los que no, el café en el que trabajaba, y del que era dueña, le había permitido ser desde confidente hasta astrónoma.
Le gustaba que su café fuera acogedor, sabía que muchas personas recurrían a el para iniciar su día, terminarlo, tomar una decisión importante o no tomarla, reencontrarse con alguien, o ver la silla vacía de la cita que nunca llegó, pero siempre quedaba la barra, la oportunidad de un café y entablar una conversación con alguien.
Escuchaba generalmente a personas nostálgicas, llenas de recuerdos que las abrumaban, mientras afuera el sol, el mar, los cuatro vientos seguían su curso y para ellos quedaba todo por decir nada que callar, algo que ella sabía y les recordaba era que el truco consistía en seguir respirando.